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Joaquín Sabina tuvo un ataque de pánico en un concierto (Video)

iuhiui3Joaquín Sabina visitaba la capital de España en una especie de de sorpresa de cumpleaños que le pilla a la vuelta de la esquina. Seguramente lo sabe y por eso decide pasarse después de cinco años sin actuar aquí. Lo hizo este sábado y lo volverá a hacer el martes, mientras le espera los días 22 y 23 de este mes. Una prórroga demasiado larga, “con lo que eso duele” que dice una de sus de “Alivio de luto”, alivio ahora el de sus fans. Aunque esa noche no tocaba ese sino el decimoquinto aniversario de aquellos “19 días y 500 noches”. “El último verano de mi juventud”, como él mismo reconoció sobre el escenario.

Salió Sabina con cierta puntualidad, enfundado en un traje verde y su histórico bombín, embutido en la esperanza de una gira que se llama «500 noches para una crisis», pero con una camiseta del color negro que acompaña a las madrugadas inherentes a su leyenda. Una historia que él mismo se encargó de recordar en los sucesivos diálogos con el público, al que confesó que la gira le pareció una buena idea al quinto whisky. Antes de todo eso, su faceta de poeta se estampó sobre las paredes del recinto a modo de soneto que hizo de alfombra roja y donde hasta el ébola tuvo su minuto de gloria. De ahí al primer tema, «Ahora», apenas hubo tiempo y de eso al homenaje mutuo a la ciudad de «Yo me bajo en Atocha», menos. El cantautor paseaba por el escenario como por Tirso de Molina, protegido por Antonio García de Diego, Pancho Varona y Jaime Alsúa, sus músicos de toda la vida. Dijo que esta ciudad, aunque sin pisar Las Ventas, le «rejuvenece». Entonces cogió la guitarra para puntear las cuerdas, para parir los acordes de lo suyo con aquella historia en la que él quería querer y ella no: «19 días y 500 noches», claro.

La puesta en escena discurría entre aplausos exacerbados (el público se vino arriba incluso con un error de iluminación que dejó el pabellón para empezar a jugar un partido de baloncesto) y «Barbie Superstar» que, como una muñeca rusa, sirvió de excusa para meter unos versos de «Calle melancolía» en el último aliento de aquella chica de Vallecas.

Salió también una novedad, una «versión libre» del «It ainŽt me, babe» de Bob Dylan («sin él, yo hoy no estaría aquí») y dejó que Alsúa se luciera con «El caso de la rubia platino». Tras esto, breve retirada y susto. Volvió el de Úbeda con semblante serio, sentado en un taburete, reconfortando a la guitarra con su abrazo (¿quién abrazaba a quién?) para recordar a Pastora Soler y reconocer que acababa de sufrir un ataque de pánico entre bambalinas: «Me ha dado un Pastora Soler». Sanaron los versos del soneto que dedicó al respetable, con el que se excusó: «He sido muy bueno estos días».

Como el éxtasis colectivo es un arma que se alimenta a cucharadas, «Más de cien mentiras» fue el plato genial para presentar con rimas a su banda. Luego vino la desaparecida Chavela Vargas, su gran amiga, que descansó radiante y recordada entre un público abrazado que bailaba «Noche de bodas». El mismo que tuvo la agridulce oportunidad de saber cuál era la despedida: «Y nos dieron las diez». «No va a haber bises. Había unos cuantos preparados pero no me encuentro muy bien», explicó el cantautor. Y así se despidió Sabina, entre un «lo siento mucho» que se perdía entre miles de aplausos de gente que se puso en pie. Luego volvió la luz, se apagó antes de tiempo «el flaco».

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